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miércoles, 15 de abril de 2015

La armadura

Siempre fuiste una armadura hueca. Unas manos inexistentes sujetaban un hacha enorme, y con ella partías en dos todo aquello que hubiese por delante de tu camino y que te disgustaba. No importaba la resistencia. Lo que está vacío no puede destruirse. Lo máximo que se conseguía era un sonoro ruido ante las piezas de metal desperdigadas por el suelo.

Uno podría pensar que ese sonido no era otra cosa que la victoria, pero realmente era una falsa visión, donde hubo aire, más aire vendrá a ocupar su lugar. Ser de carne y hueso es una tara, y estar lleno de sangre, hace que todo pueda ser expulsado más rápido de adentro.

Por supuesto que no se puede vencer así a la armadura. Claro que, tampoco podemos volvernos como ella. La única manera es, hacerse con las piezas. Antes de que el hacha vuelva a caer frente a nuestra cara.


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